Zona Pro

Webb Simpson mira a los ojos a la victoria

Enrique Soto | 08 de julio de 2012

Sin importar su victoria en el U.S. Open, Simpson trabaja más duro que nunca

El deporte es competir. Una vez que el jugador alcanza la victoria, es necesario que la acepte como una parte de sí mismo y que no permita que el elogio le debilite. La siguiente semana tendrá que volver a salir a buscarla. En palabras de José Saramago: “La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva”. Con esa premisa, multitud de ganadores a lo largo de la historia del golf han vuelto al punto cero después de ganar un major, sabiéndose igual de débiles que antes de conseguirlo y volviéndose a exponer al reto, convirtiéndose en aspirantes una vez más.

Webb Simpson ganaba hace unas semanas el U.S. Open en los últimos nueve hoyos del Olympic Club, en lo que fue una exhibición de contundencia. Ni los jugadores más duros y peligrosos en una situación similar fueron capaces de superarle. Furyk o G-Mac, los rostros que nadie quisiera encontrarse al echar la vista atrás en la clasificación quedaron relegados a un segundo puesto después de que Simpson hiciera lo mismo que está consiguiendo esta semana en el Greenbrier Classic: no fallar un solo golpe. Impacto tras impacto, las opciones de sus perseguidores parecen agotarse como si el americano llevara un reloj de arena en el bolsillo y cronometrara las horas que quedan para el final. Es el tiempo en el que Webb no falla y que le ha llevado a jugar tres días en The Old White TPC con un solo bogey en su tarjeta.

Que la sencillez con la que está consiguiendo liderar con catorce bajo par, dos de ventaja sobre Troy Kelly, no nos haga olvidar que este domingo habrán pasado solo tres semanas desde que se alzara como vencedor del segundo major del año, y que ésta fue solo su tercera victoria como profesional a los 26 años. Y tampoco olvidemos que Rory McIlroy, con tres menos, pasó por verdaderos problemas la temporada pasada para gestionar su vida cuando consiguió una gesta similar. En un plano menos mediático, alejado de las cámaras y junto a su familia, Simpson sigue la estela de jugadores como Phil Mickelson o Tom Watson, dedicándose únicamente a jugar al golf. Precisamente de éste último habló al finalizar la tercera jornada, señalando un consejo que le dio al proclamarse ganador: “Ganar un major es algo genial, pero no cambia en realidad lo que eres como golfista, dejando a parte la experiencia”. Volver a enfrentar el dolor, a pesar de haberle vencido con anterioridad.

“Es un consejo que llevo conmigo y me mentalicé de que tenía que trabajar más duro de lo que lo hice para prepararme para el U.S. Open”, comentó Simpson. Si creíamos que podíamos haber visto a la mejor versión de este jugador, podemos estar muy equivocados. Basta con echar un vistazo a su meteórica progresión. El año pasado por estas fechas perdía la oportunidad de ganar este torneo, y declaró: “Tenía tantas ganas de ganar que creo que me he puesto más presión de la cuenta”. A la semana siguiente ganaba el Wyndham Championship y un año después nadie ha conseguido tantos top10 en el PGA Tour como él, incluyendo a un Tiger Woods renovado, un Donald número uno o a McIlroy a fogonazos de ingenio.

Cuando un jugador con su potencial se implica aún más en su trabajo después de haber ganado un major, su lucha ya no se encuentra con el resto de los jugadores en la clasificación. Al igual que Tiger aún sigue compitiendo contra Jack en su carrera por los grandes, Simpson comienza su pequeña batalla contra sus ídolos de pequeño y que a buen seguro le motivaron para practicar este deporte. Dos golpes de ventaja sobre Troy Kelly; tres frente a Ken Duke, J.B. Holmes y Charlie Beljan. Dieciocho hoyos por delante donde es necesario saber discernir cuándo atacar y cuándo ser conservador, la exigencia que supone jugar bien pero de un modo inteligente. “No quería asentarme o creerme confiado después de ganar un major. Quería seguir hambriento”. Una semana más, Simpson a pecho descubierto se arriesga a ser batido por decenas de jugadores y caer del pedestal que le encumbró en el Olympic.

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