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Tiempo de silencio

Juan José Nieto | 02 de febrero de 2015

Con los ídolos pasa como con los padres. Cuando somos niños y ellos transitan por su edad dorada damos por hecho que el tiempo no pasará por ellos, ni por nosotros, y que siempre estarán ahí, acompañándonos en nuestro periplo vital y sirviéndonos de espejos en los que mirarnos. Los admiramos y aspiramos, en lo más hondo de nuestro ser, a imitar sus gestas. Valoramos por igual el desempeño épico de la estrella del deporte o del pop y el más mundano, aunque igualmente epopéyico a nuestros ojos, de acudir a diario al trabajo o multiplicarse para atender las necesidades del hogar y los peajes que impone la paternidad.

Cuando la adolescencia se instala en nuestras vidas por derribo e instala sus propios códigos egocéntricos y fantasiosos, empezamos a percatarnos de las debilidades y miedos de nuestros padres. Sus discursos ya no son consejos bienintencionados basados en un saber superior, sino una cantinela molesta de quien no comprende que las generaciones cambian y mejoran a las anteriores. Pero los iconos, en cambio, no solo empiezan a enseñar las arrugas, sino que ven propagado su halo y extendida su función inspiradora.

Pero envejecen. Los unos y los otros. También nosotros. Y entonces nos damos cuenta de que madurar es aprender a reconocer que el tiempo, esa dimensión fascinante, nos impone la ardua labor de aceptar el devenir, la partida de los padres y el ocaso de nuestros dioses. Incluido el de Tiger Woods.

Ochenta y dos golpes (la peor vuelta de su carrera) pueden ser una simple anécdota dolorosa. Podrían ser solamente una tachadura a la que seguirá un precioso verso. Pero no. Quienes quieren ver en el bajón del golfista californiano el preludio de una resurrección, como las muchas que experimentó Nicklaus durante su carrera, también valoran, y temen, que la precocidad de Tiger, sus lesiones y su agitada agenda privada le puedan conducir a una decadencia precipitada. Como la de Seve (que ganó su último grande con 31 años y jugó su última Ryder Cup con 38).

El mal parece radicar en el juego alrededor del green y con el putter. Mal menor y soluble, podría pensar un espectador ajeno a este deporte. Todo lo contrario. El juego corto, quien lo probó lo sabe, demanda lo mejor del jugador en el aspecto técnico y mental y Tiger, basta con reparar en la profunda hondonada donde se insertan sus ojos, dista mucho de ser aquel jugador convencido de poder dibujar cualquier golpe y meter cualquier putt.

¿Qué podemos hacer? No demasiado. Asistir pacientes a su particular tour de force manteniendo, en silencio, la esperanza de que aún pueda deslumbrarnos con destellos puntuales, quizá en los escenarios en los que su huella permanecerá para siempre indeleble (ojalá en Augusta o en Saint Andrews) y, sobre todo, no entrar en debates generacionales con quienes admiran a Rory McIlroy o Martin Kaymer y piensan que no hubo nadie mejor en el pasado. Están en su infantil o adolescente derecho de pensar así.

El silencio, la sonrisa irónica y los recuerdos, pero sobre todo el silencio, serán nuestros mejores aliados para soportar el crepúsculo del ídolo. Conviene callar ante el resabiado que pretende enterrarlo, sonreír ante el niño que lo tiene por un jugador vulgar y evocar, con la ayuda de material audiovisual, lo felices que nos hizo desafiando al sentido común golfístico durante más de una década.

Ánimo Tiger. Envejecemos contigo.

2 comentarios a “Tiempo de silencio”

  1. El 2 de febrero de 2015 Sandra ha dicho:

    Maravilloso el artículo, mis felicitaciones a Juan José Nieto…..Me encanto esa parte..Crepúsculo del ídolo !!!!! Si dejarlo y esperar que repunte mas adelante, como otros lo hicieron.

  2. El 2 de febrero de 2015 Albertobs ha dicho:

    Gran Artículo!!

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