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Little Venom

Óscar Díaz | 21 de enero de 2015

En 1933 Mark King, actual presidente de Adidas Group North America, ni siquiera era un proyecto de persona. King, uno de los primeros empleados de TaylorMade Golf, ascendió por el escalafón hasta llegar a la dirección ejecutiva de TaylorMade-Adidas Golf y siempre destacó por sus propuestas heterogéneas y rompedoras. Entre ellas estaba el proyecto Hack Golf, una iniciativa que pretendía popularizar este deporte proponiendo medidas novedosas, como instalar hoyos de 15 pulgadas (casi cuatro veces su diámetro habitual) para facilitar la labor a los golfistas neófitos y acelerar el juego. Pero no era la primera vez en la historia del golf que se empleaban hoyos de un diámetro superior a lo normal. Hace ochenta años, en aquel lejano 1933 que mencionábamos al inicio de este artículo, se llegaron a disputar dos torneos oficiales del PGA Tour (en realidad, de la encarnación previa al circuito actual) con hoyos que actualmente se considerarían antirreglamentarios. Y en el origen de aquel experimento están dos golfistas históricos: Gene Sarazen y, especialmente, Paul Runyan.

Con 57 kilos que a duras penas rellenaban sus 165 centímetros de altura, Runyan exhibía un swing desgarbado y de escasa potencia que le dejaba en franca desventaja con los mejores jugadores de su época. Promediaba poco más de 200 metros desde el tee de salida, cuarenta menos que la mayoría de sus cualificados rivales, pero Runyan llegó a ser el jugador más temido de aquellos tiempos, especialmente en match play. Su apodo no podía ser más elocuente: «Little Poison», o en román paladino, «Venenito».

El jugador de Arkansas compensaba sobradamente sus carencias con una precisión milimétrica desde el tee y un carácter indómito que sacaba a relucir cada vez que había un título en juego. Su exactitud con los hierros y su inconmensurable juego corto le permitían plantar cara a cualquiera y así es como logró hacerse con 37 triunfos profesionales, 29 victorias del PGA Tour y dos PGA Championships, torneo que en aquel entonces se jugaba en modalidad match-play, además de participar en dos ocasiones en la Ryder Cup.

«Después de pegar el drive, le sacaba tanta distancia a Runyan que a veces lo perdía de vista. Después de los segundos golpes, seguía estando mucho más cerca de la bandera que él. Pero luego me ganaba el hoyo. Metía un golpe desde detrás de un arbusto o embocaba un chip desde un barranco o recuperaba desde un búnker en un tiro en el que habría apostado 50 a 1 en contra», explicaba Snead, uno de sus rivales habituales, que recibió una soberana paliza por 8&7 en la final del PGA Championship de 1938, en la que solo consiguió ganar un hoyo de los 29 que disputaron. «No es golf, es magia», le decía un deportivo Snead a Runyan.

La fortaleza psicológica, la inteligencia y la sobrenatural capacidad de recuperación de Paul Runyan iban minando paulatinamente la resistencia de sus rivales, que terminaban claudicando y sufriendo las consecuencias de su entereza.

«Runyan me dejó tan tocado que luego no era capaz de meter un putt en una bañera», reconocía Snead, famoso por los problemas que siempre tuvo con el putt pese a tener el récord histórico de victorias en el PGA Tour.

De origen humilde y criado en plena Depresión, Runyan se curtió desde chaval como caddie y, luego, batiendo a jugadores aparentemente más dotados, tanto en el plano técnico como en el físico, tras idear una técnica de chipeo que le hizo famoso. Su fragilidad física le llevó a desarrollar un juego corto magistral con el que poder neutralizar la potencia de sus rivales y, en última instancia, sacarles de quicio.

Y aquí es donde entra en juego Gene Sarazen. El «antiestético» Runyan dominaba el panorama golfístico en 1933 (año en el que logró nueve victorias) y su superioridad levantaba ampollas. Algunos jugadores subestimaban su calidad y achacaban todos sus éxitos a la precisión que exhibía con el putter, y hubo quienes, encabezados por el mítico Gene Sarazen, intentaron poner un palo en las ruedas al jugador de Hot Springs. De hecho, Sarazen y unos cuantos compañeros afines convencieron a los organizadores del Florida Year-Round Open, torneo invernal (y de carácter oficial) dotado con 5000 $ en premios y 1000 para el ganador que se jugaba en el Miami Biltmore Country Club, para que en el torneo se instalaran hoyos más grandes. De este modo se pretendía hacer hincapié en la calidad de golpeo (el famoso «shotmaking«) de los golfistas y restar importancia al putt y al juego corto. No se mencionaba directamente a Runyan, pero los impulsores del cambio lo tenían muy presente.

Recorte del Reading Eagle del 6/3/1933

Recorte del Reading Eagle del 6/3/1933

Las fuentes no se ponen de acuerdo, dado que se publicó en varios periódicos que el Florida Year-Round Open se jugó con hoyos de 6 pulgadas (unos 15 centímetros, casi 5 más que los hoyos reglamentarios), mientras que el propio Runyan afirmaba que las cazoletas tenían 8 pulgadas (unos 20 centímetros). Sea como fuere, a los promotores de la medida les salió el tiro por la culata. Mientras que la mayoría de los golfistas se dejaba tentar por el canto de sirena de los hoyos más grandes y se lanzaban a por ellos a tumba abierta, Runyan decidió no cambiar de estrategia. «Los menos hábiles con el putter meterán más putts, y los buenos pateadores también», predijo acertadamente, ya que ganó el torneo con diez golpes de ventaja sobre el segundo y fue el único que terminó los 72 hoyos sin «tripatear». Mientras tanto, Olin Dutra se anotaba dos greens a cuatro putts, Bill Melhorn tripateaba trece veces y Gene Sarazen lo hacía en siete ocasiones.

Pese al rapapolvo, los defensores de la medida achacaron el triunfo de Runyan a una anomalía estadística y convencieron a los organizadores del siguiente torneo, que se celebraba en Tampa en modalidad match-play, para que mantuvieran los hoyos grandes. Una vez más, Paul Runyan ganó el torneo después de imponerse en la final a Willie McFarlane, otro magnífico especialista en juego corto.

Después de los dos revolcones consecutivos, el «experimento de los hoyos grandes» pasó a mejor vida (hasta ser resucitado hace unos meses) y Runyan siguió acumulando triunfos, dado que al año siguiente, en 1934, se adjudicó otros seis títulos, la orden de mérito y su primer major, el PGA Championship, ante el bombardero Craig Wood.

Además de tener una larga carrera profesional (llegó a quedar decimoctavo en el Open Championship con 53 años), Runyan se convirtió en un reputadísimo instructor de juego corto y escribió una de las obras más influyentes de este ámbito, The Short Way to Lower Scoring. El golfista de Arkansas ingresó en el Salón de la Fama en 1990 y en 2000, ya con 91 años, disputó la competición de pares 3 del Masters de Augusta y logró cuatro birdies. Runyan, uno de los grandes campeones más atípicos de la historia del golf, falleció dos años después, en marzo de 2002, pero sigue siendo una fuente de inspiración para todos aquellos jugadores que no sobresalen por sus cualidades atléticas y suplen sus carencias con una naturaleza irreductible.

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