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Cómo nacieron los campos de golf

18 de Noviembre de 2014

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Todos sabemos, con más o menos detalles, cómo nació el golf: en un país donde llueve a menudo y en varios terrenos cercanos al mar surgieron los primeros links. Los principios de toda historia, como suele suceder, no tienen por qué tener mucho en común con su evolución posterior; el qué hacen sus protagonistas con los elementos que manejan. Aquel deporte llamado “de pastores” vio, al igual que en el tenis, como hombres más adinerados tomaron el control. A finales del siglo pasado y comienzos del que vivimos se construyeron urbanizaciones hoy abandonadas, campos sin jugadores, un deporte que muchos medios critican por el simple hecho de existir.

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More than a feeling

14 de Noviembre de 2014

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A estas alturas debería estar prohibido citar en vano a Walter Benjamin en un texto (y más si lleva por título una canción de Boston) y la mera mención de este filósofo generará pavor en más de un lector, pero no por ello sus aforismos son menos ciertos. “Habitar significa dejar huellas”, decía el alemán, aunque las huellas no las dejan solo las personas. También dejan huellas las vivencias, las sensaciones, las experiencias intensas que acaban habitando en nuestro interior.

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Martin McLean

13 de Noviembre de 2014

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Os presentamos un nuevo relato de golf escrito por Juan José Nieto, autor de El hoyo 20, la primera entrega de esta nueva sección de la web que publicamos hace unos días. En esta ocasión, Juan José nos cuenta qué le sucedió a un jornalero del golf que tenía la oportunidad de lograr el primer triunfo importante de su carrera.

Qué puedo decir de Martin Maclean. Supongo que es un hombre corriente, de unos treinta y cinco años de edad, amante de las bannocks, esas sabrosas galletas de harina y cebada cocidas al horno, fumador de cigarrillos y bebedor de whisky. Tal vez hubiera ahorrado tiempo afirmando, simplemente, que es escocés. Un mediocre jugador de golf, en definitiva, al que conocí una tarde lluviosa de abril durante una prueba del circuito nacional disputada en la región de los lagos. Iba tocado con una gorra gris y caminaba con paso firme por el campo y siempre, o al menos aquel día, por el centro de la calle. Acarreaba su bolsa de palos sobre sus enjutos hombros y no parecía contar con el apoyo de ningún patrocinador pues su jersey, que parecía estar zurcido por las sabias manos de una madre, no contaba con ningún logotipo serigrafiado o sobreimpreso.

Aquella tarde, típicamente escocesa, por cierto, con la lluvia cayendo de costado y un frío húmedo y penetrante, Martin Maclean lo tenía todo a su favor para vencer en el torneo. Más aún cuando, con dos golpes de ventaja, su bola alcanzó el centro de la calle en el hoyo 18, un par 4 de 360 yardas con agua a la izquierda. Un matrimonio de jubilados y una joven de esbelta silueta con el cuello tapado por un fular, toda la audiencia en definitiva, aplaudieron el precioso draw que dibujó la bola luchando contra el viento. Esto mismo le conté a la policía cuando unos meses después decidieron tomarme declaración.

—De manera sorprendente, o al menos eso me pareció, señor comisario, la joven comenzó a caminar hacia Martin cubierta por un paraguas para regalarle unas cuantas palabras al oído mientras este se dirigía hacia su bola. Fue lo último que ella hizo antes de abandonar el campo. Quizá, pensé, quedó en esperarle en casa cocinándole un suculento pescado al horno para celebrar su triunfo, un triunfo tasado en más de doce mil libras netas que, a buen seguro, le servirían a la pareja, pues inferí que lo eran, para cubrir algunas deudas.

—Haga el favor de omitir las suposiciones y ceñirse a los hechos.

—Lo que ocurrió después fue una verdadera desgracia. Maclean, nervioso quizá al imaginar que la promesa de su chica incluiría algo más que una ración de salmón —no pude evitar la chanza—, puleó su bola haciendo que ésta tomara un rumbo directo hacia el lago. Sin embargo, antes de que esto sucediera, una salvadora ráfaga de viento mantuvo la bola seca entre los límites del agua y un búnker situado a caballo entre esta y el green. El pobre Martin hacía todo lo posible por mantener húmeda su garganta y ni siquiera, esto lo recuerdo bien, se acordó de abrir su paraguas. La suerte le había favorecido y con sólo un approach y dos putts se proclamaría campeón del torneo. Y entonces sobrevino la tragedia, señor comisario. Un salto de rana y la bola terminó clavada en la arena humedecida del búnker. Bola clavada y viento a favor, ya puede usted figurarse. La bola salió rastrera y sin efecto del obstáculo hasta detenerse a más de quince metros del hoyo. Y desde allí tres putts… Y gracias. Que aún hubo de meter uno de dos metros para triple bogey.

—Eso ya lo sé Ryan. Eso ya lo sé. Lo que necesito es la identidad de esa mujer, su paradero y algunas pruebas de su relación con Maclean. Él insiste en que no la conoce de nada y en que solo le dio la enhorabuena, antes de tiempo, por su primer triunfo como profesional

—Me temo que no puedo ayudarle, señor comisario. Apenas pude vislumbrar sus facciones. Hacía mucho frío e iba muy tapada. ¿Cómo puedo yo saber quién es y dónde vive?

Así fue la historia, amigos, de cómo una bella mujer de nombre Linda, después de anunciar en todas las redes sociales y foros de casas de apuestas que Martin Maclean ganaría (su victoria se pagaba al comienzo de la jornada dos mil a una), al fin, después de diecisiete años como profesional, su primer torneo, se hizo rica, a pesar de su prudente elección de invertir sólo 40 libras, apostando a que éste quedaría segundo haciendo triple bogey en el dieciocho desde el centro de la calle, hecho tan improbable que había elevado la cotización de este supuesto a cinco mil libras por cada una apostada.

Linda dejó el periodismo deportivo a pesar de su bien ganada fama, hasta aquel día, de rigurosa y profesional. No la delataron ni mis padres, aquella tierna pareja de jubilados, (¿recuerdan?) ni tampoco el compañero de partido, un inocente joven venido de Glasgow que, conociendo la fama de Maclean, apenas se extrañó de su descalabro. Y bueno, tampoco se apiaden demasiado de Martin. No ganó ni ganará nunca, pero la perfecta sucesión de bola puleada, salto de rana, filazo y tres putts le valió, junto a su silencio, para venirse con nosotros a Río y dar clases de golf a las chicas más guapas y ricas de todo el Brasil.

—Linda, cariño, podemos irnos. Ya concluí el relato.

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El hoyo 20

06 de Noviembre de 2014

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Inauguramos una nueva sección “fija-discontinua” de la web en la que iremos recogiendo una selección de relatos de golf, algunos de nuevo cuño y otro de autores consagrados. Juan José Nieto, padre intelectual del proyecto, se atreve con el complicado golpe de salida y nos cuenta qué sucede con nuestros otros “compañeros de partida” mientras nosotros intercambiamos batallitas e invitaciones en el “hoyo 19″.

—Ya están hablando de nosotros ahí arriba. Que si abrió más de la cuenta, que si no la cogió el viento, que si era un palo menos. Y siempre, qué curioso, aparezco entre sus lamentaciones.

—Calla, anda, no te quejes, que tú por lo menos tienes nombre. A mí ni siquiera me citan, debo de ser palabra tabú. En cada repaso que hacen de sus vueltas me olvidan deliberadamente.

Slice y Socket charlaban sentados junto a la barra del fondo de la taberna llamada El Hoyo 20, un local situado en el sótano del bar de la casa club donde suelen acudir todos los golpes a reunirse una vez finalizada la jornada. Aquel día era sábado y Putt al centro del hoyo, dueño del bar, tuvo que llamar a sus dos camareras, Media Corbata y Corbata Entera, para que le echaran una mano.

—Puttie —le espetó Hook—, no me gustan esas dos chicas que tienes asalariadas, siempre tan escurridizas y antipáticas.

—Por lo menos ellas nunca faltan a su cita, Hook. No como Bola Recta, que lleva días sin venir a pronunciar su monólogo sobre la perfección, ese que tanto gusta a los críticos.

—La verdad es que el tipo es guapo y lo hace muy bien, pero no hay quien se lo crea, que uno ya luce pelos aquí abajo y no ha visto, ni conocido, la ronda inmaculada. Por eso, porque no creemos en la felicidad venimos a tu bar, Puttie, un acogedor antro para perdedores en el que nunca falta whisky ni se descorcha champán.

—Y que lo digas Ganchito, y que lo digas —se le aproximó rodeando sus hombros y suspirando Salto de Rana—. No sabes cuánto trabajo tuve hoy ahí arriba en el campo. Se ve que es puente en la capital y ha venido a jugar todo el mundo. Sí, Puttie, sí, también los políticos —aseveró adelantándose a la pregunta del dueño.

Pronto el jolgorio de la tasca dejó paso a las notas de la melancólica canción irlandesa Danny Boy. Las jarras de cerveza comenzaron a moverse pendularmente siguiendo el compás de la música mientras en un rincón solitario buscaba consuelo de manera infructuosa Golpe al Aire, el único ser con el que nadie contó para abrazarse en ese cántico común que tenía más bien los aires de una oración colectiva.

Toda vez cesó la música, Bola Perdida se le aproximó.

—¿Qué te ocurre Golpe al Aire? ¿Mucho trabajo?

—Vete, por favor, no eres la más indicada para ayudarme.

—¿Por qué?

—Pues porque no nos parecemos en nada. Tú eres una diva, solo hay que ver cómo te persiguen todos esos golfistas de lado a lado del campo.

—Ya, pero al final no me encuentran y el hechizo les dura sólo cinco minutos. Y lo peor de todo es que suelo acabar en las manos de cualquiera. De verdad, no te gustaría.

—Ya, pero al menos apareces en la tarjeta, y, no lo olvides, siempre vas de la mano con Golpe de Penalidad, el más duro y atractivo de todos los que pisan por aquí. Yo, en cambio, nada. Ni siquiera existo, ni siquiera cuento y siempre hacen como si no me hubieran visto.

“Señores, señoras, señoritas, dejen sus copas a un lado, olviden sus penas y saquen a relucir sus mejores sonrisas porque aquí está, ya ha llegado, el mejor monologuista de este lado de la frontera. Pasa tanto tiempo solo y se gusta tanto a sí mismo que no deja de practicar frente al espejo. Puede que sea la primera vez que lo vean, aunque lo cierto es que se deja caer a menudo por este bar porque trabajar, lo que se dice trabajar, en este campo y dado el nivel de los golfistas que lo frecuentan, no lo hace mucho. Démosle la bienvenida con un fuerte aplauso a… Bola Recta”.

Tras esforzarse, tampoco demasiado, por detener los vítores, Bola Recta habló y habló sobre la vuelta ideal, sobre el erotismo del número 59 y sobre la existencia de un mundo en el que todos los golpes terminan encontrando un feliz destino. Poco a poco su discurso fue transformando el semblante triste de los allí presentes en rostros llenos de brillo que simbolizaban los anhelos y deseos contenidos de todos ellos.

—Y bueno, chicos, no lo olvidéis. Si no creéis que esto pueda suceder tened siempre presente que no hay golpe tan pobre, rastrero, ruin o desviado que no se pueda arreglar con un mulligan. ¡Hasta siempre amigos! ¡Buenas noches!

Inspirado por los aplausos y sabiéndose admirado por todos aquellos golpes mediocres e infelices se dirigió hacia el piano y tomó nuevamente la palabra.

—Amigos, tal vez vuestras vidas no sean como las habíais diseñado, pero eso no nos impide cantar. Así que, por favor, todos conmigo.

Y con todos los allí presentes, salvo Golpe al Aire, desafinando las notas de Always look on the bright side of life de los Monty Python tocó a su fin la noche y cada golpe se dirigió a su lecho respectivo dibujando su particular trayectoria. Había llegado el momento de descansar. Al día siguiente volverían a tener trabajo.

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Cuestión de barreras

27 de Octubre de 2014

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Es una imagen poderosa, eficaz, que remueve conciencias. Un puñetazo al estómago vía ocular. Quizá no sea tan cruda como la que llevó por la senda del suicidio al fotógrafo sudafricano Kevin Carter no mucho después de recibir el Pulitzer por aquel retrato de una niña desnutrida en Sudán acechada por un buitre, pero el trasfondo es similar. Sin duda, el contraste perfecto entre dos mundos separados por algo más que una barrera física.

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Inesis presenta en sociedad sus novedades

21 de Octubre de 2014

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En 2002 se creó Inesis, marca de golf del grupo Oxylane que se comercializa a través de los establecimientos de Decathlon, con una gama muy limitada en material duro y bolas. Doce años después, Inesis ocupa un lugar preponderante en cuanto a cuotas de mercado y afronta una nueva temporada apoyada en cuatro puntales básicos: I+D, interacción con el cliente, calidad y competitividad en los precios.

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