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Zona Pro

Yani Tseng y las desigualdades de los números 1

Enrique Soto | 09 de noviembre de 2011

Año 2000. Tiger Woods consigue ganar el U.S. Open, el Open Championship y el PGA Championship en apenas dos meses. Además, consigue otras seis victorias, cuatro segundos puestos y un total de diecisiete top ten. Nadie recordaba un dominio tan abrumador del juego como aquel y hasta el día de hoy, una temporada con esos números no ha vuelto a repetirse. Solo el propio Woods consiguió igualarse a sí mismo en los años 2002, 2005 o 2006, ganando dos majors en cada uno de ellos.

Año 2011. Yani Tseng consigue once victorias. Entre ellas, se encuentran dos majors: LPGA Championship y el Women’s British Open. Con tan solo veintidós años, ha conseguido un total de cinco majors y doce victorias en el LPGA Tour y ha sido nombrada Jugadora del Año dos temporadas consecutivas. Para entender la magnitud de estas cifras, conviene compararlos con las dos grandes dominadoras del golf femenino de la última década: Annika Sorenstam y Lorena Ochoa. La sueca ganó la friolera de 72 veces en el LPGA Tour y consiguió, en un periodo de once años, diez majors, completando el Grand Slam. La mejicana consiguió 27 victorias y dos majors.

Yani Tseng no solo domina el golf femenino en la actualidad sino que comienza a marcar una época, al igual que lo hicieron Tiger, Annika o Lorena. No tienen más rivales que ella misma cada fin de semana porque su juego tiene una marcha más que el del resto de jugadoras, es preciso, certero y valiente. Pero para firmar los números de la taiwanesa no basta con tener un swing que funciona, se necesita algo más. Es necesario un espíritu competitivo que pocos jugadores han demostrado a lo largo de la historia, la ambición de ser el mejor siempre. Muchos de los putts que han llevado a Yani a ganar en once ocasiones esta temporada (siete en el LPGA Tour) han entrado por este convencimiento. La diferencia entre una bola bailando alrededor del hoyo y otra que consigue entrar.

La revista Golf Magazine, una publicación de Sports Illustrated, busca cada final de año al que considera que ha sido el mejor, y le dedica una portada junto al calificativo de “Player of the Year”. La igualdad ha imperado en el golf masculino durante esta temporada y muchos son los defensores de que Luke Donald se merece este galardón, mientras que otros abogan por ganadores de majors, como Keegan Bradley o Rory McIlroy. La decisión final de la revista fue obviar por completo una temporada histórica de la jugadora taiwanesa para apostar por el carisma de McIlroy. El norilandés hizo méritos después de desmoronarse en el Masters de Augusta y renacer en el U.S. Open, arrasando al resto de competidores, pero hacer la vista gorda ante once victorias y dos majors es, cuanto menos, una decisión controvertida.

Las reacciones, sobre todo provenientes del golf femenino, no se han hecho esperar y muchos se preguntan qué es necesario para ser la mejor jugadora del año. No es una pregunta baladí porque, con los números de Yani en la mano, la taiwanesa ha superado muchas de las mejores temporadas de Annika Sorenstam, ahora en el Salón de la Fama del Golf. La respuesta parece ir encaminada hacia el carisma, mientras que otros apuntan a un calendario en el LPGA Tour algo disperso y que quita trascendencia a las victorias.

Premios aparte, en el golf siempre se han terminado contando el número de victorias y aquí es donde Yani se lleva la palma. A día de hoy, sigue compitiendo solo contra ella misma.

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