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Zona Pro

Rory McIlroy y la gestión de la adversidad

Óscar Díaz | 29 de mayo de 2014

En el deporte de élite resulta obligatorio aprender a convivir con la adversidad. En modalidades en las que prima el carácter individual como el golf y el tenis, los deportistas han de asumir cuanto antes que el fracaso será su compañero de viaje más frecuente (incluso para aquellos elegidos que pueblan sus vitrinas de trofeos), pero no por ello deben renunciar a la búsqueda de la excelencia.

Dicha búsqueda no deja de ser una quimera cuando nos ceñimos al ámbito deportivo, y se convierte en una auténtica entelequia si introducimos otros factores externos que rodean a los golfistas de primer nivel. En muchas ocasiones el llamado “contexto” de un golfista pesa más que su talento nato o su capacidad de sacrificio a la hora de entrenar. Por bien que se les dé compartimentar su vida, las circunstancias ajenas o el ámbito privado invaden el terreno puramente deportivo, habitualmente con efectos indeseados. Aunque les gustaría serlo en más de una ocasión, los golfistas no son islas y las “interferencias” de su vida privada o el escrutinio público pueden ser tan dañinos como el peor de los consejos de un mal instructor.

De ahí que Rory McIlroy haya maravillado con su triunfo en el BMW PGA Championship, pocos días después del anuncio de la ruptura con su prometida, la tenista Caroline Wozniacki. A nadie le hubiera extrañado un mal resultado del norirlandés en un campo, el recorrido oeste de Wentworth, que nunca le había sido propicio. Aunque el “ejecutor” de la separación fuera él (y, por los detalles que se van conociendo, fue una ruptura telefónica fría y no muy caballerosa), McIlroy supo capear el temporal mediático en las ruedas de prensa y refugiarse en su juego para pasar el trago.

“Esta semana, cuando me ponía tras las cuerdas, era una especie de liberación. Estaba solo y haciendo lo que hago mejor, jugar al golf, y eso me daba cuatro o cinco horas de tranquilidad, refugio o como quieran llamarlo. Me centraba en lo que tenía que hacer, que era jugar al golf y meter la bola en el hoyo en el menor número de golpes posibles”, explicaba McIlroy en su rueda de prensa posterior al triunfo.

Salvando las distancias, la victoria de McIlroy recordó a aquel triunfo de Bernhard Langer en Alemania solo siete días después de haber perdido la Ryder de Kiawah, o el de Ben Crenshaw en el Masters tras el fallecimiento de Harvey Pennick, su mentor. En esta ocasión no hubo lágrimas en el green, pero la habilidad de McIlroy para rendir pese a las dificultades externas fue impresionante.

Lo cierto es que su capacidad para triunfar en circunstancias atípicas (y no nos referimos a su atribulada victoria en la Ryder, con despiste incluido) y gestionar el impacto emocional de su ruptura no debería sorprendernos. Desde noviembre pasado, Rory McIlroy está jugando a un nivel excepcional y lo ha logrado pese al insistente ruido de fondo de los problemas legales ocasionados por la ruptura con su anterior agencia de representación y a la incesante avalancha de rumores acerca de su relación (ni hablamos de las críticas sobre su nuevo material o los rumores sobre sus “yips” con el driver). Véanse sus resultados en estos meses:

6º en el HSBC Championship, 5º en el DP World Tour Championship, 1º en el Australian Open, 11º en el Northwestern Mutual World Challenge, 2º en el Abu Dhabi HSBC Golf Championship, 9º en el Omega Dubai Desert Classic, 17º en el Accenture Match Play Championship, 2º en el The Honda Classic, 25º en el Cadillac Championship, 7º en el Shell Houston Open, 9º en el Masters de Augusta, 8º en el Wells Fargo Championship, 6º en The Players Championship y 1º en el BMW PGA Championship.

Se lo resumo: dos triunfos y once top ten en catorce torneos durante los últimos siete meses, con un vigésimo quinto puesto como peor resultado.

Queda claro que es un jugador que ha aprendido a rendir en circunstancias que distan de ser las ideales. Aunque su regreso al primer plano no tenga los tintes heroicos de las vueltas a la competición de Ben Hogan o José María Olazábal después de sus gravísimos problemas físicos, Rory McIlroy ha demostrado que es capaz de echarse a sus espaldas lo que la vida le ponga por delante y jugar a gran nivel. Solo cabe preguntarse hasta dónde llegará cuando pueda centrarse exclusivamente en el golf, pero lo más normal (con permiso de Adam Scott y de los demás “gallitos” de la élite) es que se acabe escenificando el cambio de guardia generacional con Tiger Woods que ya se atisbó en aquel 2012 mágico.