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Zona Pro

Protagonistas del año: Jason Dufner

Enrique Soto | 22 de diciembre de 2013

A Jason Dufner no parece molestarle firmar un bogey, ni tampoco parece reaccionar cuando mete un putt de ocho metros. Son cosas que le suceden en el campo, como quien tira un informe a la papelera en la oficina y tiene que levantarse de la silla para encestar como es debido. Solo por esa muestra de su personalidad se puede intuir muy bien quién se esconde tras esa expresión anodina, vaga, impertérrita. Vimos cómo echaba a perder un grande hace dos años frente a Keegan Bradley, cuando nadie sabía de él. En 2012, en el US Open, quedó cuarto; al igual que esta temporada. Esa suma silenciosa y constante en forma de resultados iba a encontrar por fin una segunda gran oportunidad en el PGA Championship, el torneo en el que los mejores buscaban convertir el 2013 en algo que recordar.

El escenario estaba empapado. Se trataba del Oak Hill Country Club, un venerable recorrido afilado con todas las armas que se esperaban de una cita como esta: rough poderoso, greenes cristalinos y calles pétreas. La lluvia transformó toda esa minuciosa preparación en una carrera por ver quién acumulaba más aciertos. “El que coja más greenes en regulación va a ganar, o por lo menos va a estar muy cerca”, dijo Graeme McDowell, experto en el viejo arte de repetir el mismo movimiento hasta la extenuación. Allí, en esa lucha por ver quién fallaba menos, un gran admirador de Ben Hogan impartió un clinic que hubiera supuesto todo un desafío para su ídolo, capaz de decir sin ningún tapujo: “No creo tener tanto talento como otros jugadores”.

Dufner firmó 68 golpes en la primera jornada, situándose a uno de los diez primeros clasificados. Era un comienzo muy en consonancia con el jugador en el que se ha convertido: discreto, aplicado. Nadie podía esperar que ese mismo hombre se desatara como lo hice durante sus segundos dieciocho, ni que estuviera cerca de dejar su nombre inscrito en letras doradas en los libros de récords. Nunca se había registrado un 62 en una sola vuelta de los grandes y él, a base de una serena agresividad, mandó su segundo golpe del hoyo dos, desde 144 metros, al fondo del agujero. Fue toda una declaración de intenciones. Birdie al 4, al 5, al 11 y al 13. También al 16. No estaba buscando desafíos imposibles desde los bunkers, las largas hileras de árboles que rodean las calles o embocando putts kilométricos. Jason solo se limitaba a pegar un golpe tras otro a bandera, como si solo pudiera repetir un swing perfecto; como si fuera Hogan. En el 17 su bola rozó el hoyo. En el 18, se quedó a medio metro de batir uno de esos registros que se resisten al paso de los años.

“Es bonito ser parte de la historia”, declaró tras unirse a una lista de veinticinco hombres, entre los que se encuentran Woods, Nicklaus, Player, Norman, McIlroy, Olazábal o Faldo. Pero no dijo mucho más, quizá recordando aquel playoff contra Bradley. Quedaban dos jornadas y varios mares que atravesar hasta la victoria. “Sería incluso mejor ganar este campeonato”, concluyó. El tercer día y como respuesta a un día memorable, entregó un 71 que le dejó a un golpe del nuevo líder, el también repetitivo Furyk. En la cuarta, sin embargo, el clínic de juego largo alcanzó su máxima expresión. Calle, green, calle, green… “Para ser competitivo aquí necesito pegarle muy bien a la bola”, había revelado. “He sido capaz de hacerlo”. Su 68 le dio su primer gran torneo y convirtió a un hombre con menos talento que sus rivales en una referencia. Dufner no es Woods, ni McIlroy. Dufner es un hombre que ha sabido explotar al máximo sus virtudes; quizá los más peligrosos de todos. Nadie querría tenerle en frente en la misma forma que mostró en el PGA.

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