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McIlroy frente a Woods

Enrique Soto | 23 de octubre de 2012

Reconozcámoslo: nos encanta poner etiquetas a los deportistas. Siempre preferimos ver ganar a la joven promesa o al gran campeón a punto de batir un récord antes que al jugador que, laboriosamente y a base de mucha paciencia, logra por fin su ansiada victoria. Y nos sucede a todos en mayor o menor medida, desde el que busca la mejor noticia al que simplemente contempla la mejor historia o desenlace posible. Hablamos de Tiger Woods cuando emergió en la escena mundial del mismo modo que de Rory McIlroy hace unas semanas, cuando ganó el PGA Championship. Son muy distintos con virtudes a veces opuestas, pero al fin y al cabo se trataba de dos chavales con un talento desmedido, y nos encanta verles jugar al golf.

La última gran tendencia que marca el Ranking Mundial es a comparar al flamante número uno con el número dos; juventud contra experiencia, talento contra talento con récords de precocidad incluidos. Es tan inevitable enfrentar mentalmente a McIlroy con Woods porque, hoy en día, no puede existir un espectáculo de mayor envergadura que un duelo entre ambos en la jornada final de un grande. Jugueteamos con la idea con tanta naturalidad que, en ocasiones, olvidamos la trayectoria que han seguido el uno y el otro, o los objetivos que quieren cumplir o sus defectos y habilidades. Lo obviamos todo como si con ello les empujáramos a citarse para la gran cita en el futuro. Ahora bien, un poco de perspectiva tampoco nos haría daño.

Durante prácticamente una década Tiger Woods pudo desafiar la capacidad que tiene el golf de evitar conceptos como «dominio» o «consistencia». En un deporte en el que ganar siempre es imposible (de verdad, imposible), consiguió derrotar al azar y las probabilidades en múltiples ocasiones, hasta el punto de que hoy día es complicado recordar a un atleta que haya sido tan bueno como lo ha sido él en su disciplina. Su reinado nos hizo por momentos buscar alternativas o candidatos a su relevo constantemente, desde Ernie Els a Phil Mickelson pasando por Sergio García. Hasta llegó un momento en que cualquier chaval que apuntara maneras parecía un buen sujeto que alzar al estrellato, antes de que ganara un solo torneo. Dominó a sus rivales pero también dominó al público, haciéndole creer que nunca bajaría el ritmo competitivo.

No solo era el mejor con el driver en las manos, el mejor con los hierros y no solo era el que poseía el mejor juego corto y el mejor putt; Tiger tenía la capacidad de saber en toda circunstancia qué era necesario para ganar. Se decía que el resto le temían, pero más que terror lo que podían sentir sus adversarios era una agobiante necesidad de alcanzar la perfección para vencerle. Y todos sabemos lo que hace esa búsqueda en el jugador. Le agarrota, bloquea y empuja al fallo. La perfección en el golf, incluso para Woods, es inexistente.

Tiempo después aparece un promesa como McIlroy, que creció ajeno al mandato que Tiger ejercía en el circuito porque, simplemente, era demasiado joven para jugarlo. Woods era su héroe y, como él, era capaz de mandar la bola lejísimos desde el tee, jugaba hierros altos y agresivos, y se mostraba más que preciso y habilidoso alrededor de green. Había una preciosa historia entre ambos, que fue cobrando fuerza a medida que Rory perdía en Augusta, ganaba por ocho golpes en Congressional y, al año siguiente, repetía hazaña en Kiawah Island. Ganaba su segundo major antes que Tiger y la historia ya no solo era bonita, sino que además se podía vender. Ahora bien, cualquier comparación entre ambos no debería pasar de ser un bonito relato.

Porque a diferencia de Woods, McIlroy es capaz de hacer un hook de 50 metros con el driver, pegar pesado un approach que se suponía franco para birdie o errar en el cálculo de la distancia por dos palos. Su capacidad de pegar golpes inverosímiles es casi tan grande como su tendencia a errar cuando no está en forma, como si se tambaleara y recuperara constantemente a lo largo de 18 hoyos. La genialidad y la mediocridad en pura efervescencia, pero en la mayoría de ocasiones finalizando en primera posición. Ya lo hemos olvidado pero Tiger, en ningún caso, se comportó así a lo largo de diez años. Él era intenso y comedido, serio y frío, hasta que en ocasiones parecíamos capaces de poder escuchar una calculadora sonando en su cerebro al medir un putt de ocho metros con tres caídas distintas para ganar un torneo.

La comparación entre ambos es injusta en el momento en que comenzamos a recordar, del mismo modo que lo es si analizamos seriamente el juego y las circunstancias de Nicklaus y sus 18 majors. Si hoy día parece complicado imaginar a Tiger superándole (lleva 14), resulta imposible pensar en McIlroy igualando a Woods. ¿Por qué? Porque el nivel que alcanzó en años como el 2000, 2002 o 2006 no era normal, incluso para los mejores jugadores de la historia del golf. Basta echar un vistazo a la temporada que ha llevado a cabo el joven Rory: 40º en Augusta, falló el corte en el U.S. Open, 60º en el Open Championship. El mejor del mundo. Mientras tanto, Tiger ganó cuatro grandes seguidos, pasó el corte en 39 consecutivos (comenzando antes de hacerse profesional), mientras que, en sus 37 primeros, nunca terminó por debajo del puesto 40º. Pero por si todo esto fuera poco, ganó seis torneos consecutivos en dos ocasiones. Repito, seis torneos consecutivos, en dos ocasiones distintas. Por muy bonito que parezca, comparar ahora a Rory con Tiger es tan injusto como hacerlo con un joven con buen oído frente a Mozart. Simplemente, no es razonable.

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