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La Perla del Atlántico

Juan José Nieto | 07 de agosto de 2012

Vista del green del hoyo 18 del Ocean Course de Kiawah Island

Muchas son las perlas del Pacífico. Desde Valdivia, en el mar Austral, hasta Acapulco, pasando por Valparaíso o Guayaquil, numerosos puertos aspiraron a recibir esta denominación tan literaria. En ellos hacían escala los barcos tras largas travesías para reponer víveres y dar descanso a los marinos, agotados tras cruzar el océano o al tener que rodear el continente por el temido cabo de Hornos.

En el Atlántico, en cambio, no se habló nunca de perlas. Las navegaciones, al amparo de los alisios, eran más cómodas y las estancias en puerto se debían principalmente a asuntos económicos. Ahora, en medio de una competencia feroz por atraer turistas, son varios los lugares que se promocionan bajo el apelativo de perlas del Atlántico. Sin embargo, y curiosamente, uno de los paraísos más impactantes a la orilla de sus aguas no aparece en las guías turísticas. Por suerte, el golf, a través de uno de sus campeonatos más prestigiosos, volverá a situar a Kiawah Island en el lugar que por belleza y biodiversidad le corresponde.

La isla de Kiawah, en el extremo meridional de Carolina del Sur, es una estrecha extensión de tierra y marisma moldeada a lo largo de los siglos por las aguas continentales, el bateado constante de los vientos oceánicos y la propia dinámica mareal. Sobre su abigarrado paisaje linces, ciervos o zorros se reparten el sustento disputándoselo a las águilas y demás rapaces.

Allí, gracias a la imaginación de Pete Dye, con la indispensable colaboración de su esposa (ella le convenció para que los hoyos discurrieran junto al océano), se erige uno de los campos de golf más vistosos desde el punto de vista escénico y más exigentes desde el prisma del jugador. Alargado y estrecho, con nueve hoyos en un sentido (del 1 al 4 y del 14 al 18) y otros nueve en el contrario (del 5 al 13), Kiawah cuenta con todos los ingredientes de un links escocés.

Un links, eso sí, que aúna también las mejores cualidades de un campo de interior. Los obstáculos de agua desempeñarán un papel decisivo. Su impacto no se notará solo en el resultado, sino también de forma más indirecta y sutil a través del efecto intimidador que generan. Y es que en este paraíso no dibujado en los mapas todo está a la vista del jugador. Pocos son los golpes ciegos. Muchos, eso sí, los riesgos en forma de waste areas, bunkers profundos y zonas de marisma que hay que evitar.

La experiencia nos dice que la PGA habrá preparado un examen justo y que al final de la semana el mejor golf tendrá su premio. Hay que confiar en que los jugadores españoles no sufran una especie de síndrome de Stendhal y que se centren, únicamente, en salvar los obstáculos obviando toda la belleza que envuelve a la verdadera Perla del Atlántico, Kiawah Island.

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