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Historias de Philadelphia

Juan José Nieto | 11 de junio de 2013

En la época de los “minijobs”, los pisos de treinta metros cuadrados y los ajustes de cinturón, no es raro que la USGA haya desplazado su evento estrella a los modestos terrenos en que se halla instalado el Campo Este del Merion Golf Club, el no en vano declarado por el señor Jack Nicklaus como mejor test de golf del mundo acre por acre. A pesar de su tamaño reducido, las palabras del Oso Dorado ponen en valor la pureza y el clasicismo de un recorrido angosto y con inconfundible aroma a links escocés en el que los catorce palos de la bolsa deberán ganarse el pan antes de que finalice el día.

No se equivoquen en lo de modesto. Los terrenos de este original club de cricket asientan sus cimientos sobre el barrio periférico más elitista de Philadelphia. Allí, ya a mediados de siglo XIX, banqueros, empresarios y profesionales liberales presumían de esposas, cortes de pelo y trajes de sastrería. El golf no aterrizaría en estos lares hasta 1896 y el Campo Este aún tardaría dieciséis años más en abrir sus puertas.

El principal promotor de su construcción fue Hugh Wilson, un hombre de seguros de la ciudad, al que el club financió un viaje a las islas Británicas para que estudiara los contornos y relieves de los mejores campos de la cuna del golf. Este artesano del diseño exprimió al máximo las 126 acres de que disponía y trazó, entre el mosaico de vegetación que dibujan olmos, robles, pinos y abedules un recorrido exigente de greenes escuálidos y calles del tamaño de una alfombra persa.

En el patológico afán de distinguirse frente a los vulgares plebeyos, en vez de a la bandera los jugadores deberán apuntar hacia cestas de mimbre. Pese a no ser un elemento integrante del campo en origen, este motivo estilístico quiere ser un guiño a los recipientes en los que los pastores escoceses conservaban la comida mientras paseaban el ganado.

Lejos del simbolismo bucólico de las cestas se sitúa el carácter agrio y terco del frondoso rough que rodea las calles. La suma de hierba alta y greenes a una velocidad inconcebible en 1912, convierte en prioritaria la precisión desde el tee. De hecho, repasando la lista de ganadores en este campo es fácil darse cuenta de que es primordial golpear la bola con pureza y manejar diferentes efectos. Aquí, en Merion, completó su particular Grand Slam (British Amateur, Open Championship, US Open y US Amateur) Bobby Jones y aquí, veinte años después, en 1950, Ben Hogan recuperó la hegemonía golfística tras el accidente que casi le cuesta la vida. Lo logró tras asegurar el playoff gracias a un hierro 1 al centro de green en el hoyo 72. La imagen de este swing es una de las estampas más reconocibles del imaginario colectivo del mundo del golf. Este golpe imposible de Hogan para asegurarse el desempate contrasta con la perfección desplegada por David Graham en el Open de 1981 quien, con un resultado acumulado de siete bajo par, desafió la dificultad de un campo que, no se sabe muy bien cómo, medirá para la edición de 2013 cuatrocientas yardas más.

Si las tormentas devastadoras que están asolando la zona lo permiten, este US Open nos regalará grandes golpes y maniobras evasivas en la búsqueda de una copiosa cosecha de pares. Pares que en estas condiciones son birdies, pares que vendrán envueltos seguro, de historias que a un cinéfilo como yo, sólo pueden evocarle la escena inicial del film de George Cukor en la que Katherine Hepburn responde al cachetazo de Cary Grant, su exmarido, arrojando con vehemencia su bolsa de palos. No sabemos si C. K. Dexter se desahogó de tal desdén jugando los 18 hoyos del Campo Este de Merion, pero sí que al finalizar la semana muchos serán los titulares y uno solo, el que mejor temple los nervios y dibuje las calles de esta magnífica maqueta verde, el ganador. No faltarán periodistas intrépidos a lo James Stewart para contárnoslo. Comprobadlo, si no, siguiendo el especial que tiene preparada vuestra casa, Crónica Golf, para el segundo grande del año.

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