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Zona Pro

El tiempo y el espacio de Bubba

Enrique Soto | 14 de abril de 2014

Vamos a ponerlo así: dos jugadores lideraban el Masters a falta de dieciocho hoyos. El primero lo había ganado hace dos años, además de tener otras oportunidades de victoria en algunos majors y triunfado en cuatro ocasiones en el PGA Tour. El segundo era un chico de veinte años ante su primera experiencia en el Augusta National, con una victoria en su palmarés hace unos meses. Por este escenario pasaron con anterioridad todos los grandes campeones de la historia del golf y nunca ninguno consiguió imponerse a esa edad, veinte años. Estábamos ante la antesala de lo que podía ser una alteración en la curva de la realidad, un agujero negro en el espacio.

Ben Hogan, tras jugar los últimos treinta y seis hoyos del US Open de 1960 con Jack Nicklaus, declaró: “Acabo de jugar con un chico que si tuviera una cabeza encima de los hombros habría ganado por diez golpes”. Era el primer grande que disputaba Jack y siempre, sin excepción, hemos comprobado que son los torneos más difíciles de ganar para un primerizo. Estos chicos no saben cómo reaccionará su cuerpo bajo esa presión, cómo gestionar sus errores o, más importante aún, cómo limitarlos. Pero Jordan lo había conseguido durante tres jornadas seguidas en su primera visita a Augusta, por lo que podría representar la excepción, ese salto en la gráfica. Cuando comenzó el domingo, parecía estar demostrando haber nacido viejo, como Benjamin Button.

Todo parecía salir según sus intereses. Todo. Consiguió cuatro birdies en siete hoyos, uno de ellos desde un bunker frontal en el cuatro y otro desde tres metros en el siete, en un putt que pareció pararse varias veces antes de caer suavemente en el agujero. Era como jugar en una pradera de mármol. Fue un acierto memorable y el chico levantó el puño ante unas gradas en éxtasis, ante unos comentaristas que daban botes en sus asientos. Por fin, en este torneo envuelto en la leyenda y la mística, un joven inexperto se hacía camino a base de un aprendizaje forzoso, como si hubiera atendido a clases nocturnas en la universidad. Spieth tenía dos golpes de ventaja.

Aún así, esto es el Masters, los greenes no tienen piedad con las dudas. Era domingo. En el ocho, un par cinco, Jordan pegó su segundo golpe a la derecha de green y tenía un tiro prometedor a bandera. Cuando lo ejecutó pensó que era perfecto, pero se encontró con una duda: el público no respondió. Se hizo el silencio en Augusta. Esperaba que su bola rodara a un metro del agujero. De algún modo, en esa superficie cristalina, su golpe se había frenado en seco. Afrontaba un putt de unos ocho metros cuesta abajo, a una velocidad endiablada. “Creía que era un buen golpe”, dijo después. Su putt se quedó corto y no embocó el siguiente. Bogey. Bubba hizo un birdie y su ventaja se había esfumado. Sucedió todo en unos cinco minutos.

En el nueve se repitió esa misma historia: un buen golpe seguido de un resultado inesperado. Por primera vez, quizá, en todo el campeonato, al chico de veinte años no le salieron las cosas como verdaderamente esperaba, no obtuvo la respuesta que quería a una ejecución perfecta. A eso, en el golf, se le suele llamar mala suerte, pero es una parte tan intrínseca del juego que bien podría llamarse experiencia, la palabra que más se repite en cada edición del Masters. Bogey. Bubba hizo otro birdie y, de algún modo, el liderato que llegó a construir Jordan se había transformado en dos golpes de desventaja. Nunca volvería a recuperarlo.

Es la diferencia entre un ganador de un major y un primerizo: en estos escenarios nunca deben sorprenderte esos malos momentos. Nunca. En el instante en que entran en tu cabeza se hacen fuertes y apagan cualquier opción de remontar, de salir al siguiente hoyo y encontrar una compensación. ¿Le sucedió a Nicklaus, recuerdan? Ayer le sucedió a Spieth.

Poco después, Bubba Watson pegó un drive en el par cinco del hoyo trece que, a sus ojos, parecía algo desviado. Este hombre nunca cambia. Pega a la bola como si proviniera de otro planeta. “Nunca he recibido una clase”, ha dicho en ocasiones. Sus pies flotan a través del impacto, sus brazos se desencajan del tronco y, a veces, parece ir darse con toda esa fuerza en la cara. Es capaz, seguro, de hacer explotar una cámara de grabación súperlenta con ese swing. Su drive aterrizó a 334 metros en el lado correcto de la calle. Hizo birdie y la diferencia entre ambos, el chico y el campeón en Augusta, aumentó a tres golpes.

Nadie es inmune a Augusta. Veinte años siguen siendo veinte años, a pesar de tres jornadas memorables. Jordan es un chico brillante, un estudiante excelso, pero a medida que el día siguió su curso dejó de ser un hombre frío y calculador, volvió a ser de nuevo lo que es en realidad: un novato. En varios momentos pareció frustrado; en otros, simplemente, nervioso. Había soñado con ese momento toda su corta vida y se le había escurrido entre las manos porque, en definitiva, no se puede simular todo lo que te va a acontecer en una última jornada de un Masters. Es imposible estar preparado para todo. Tienes que aprenderlo en las prácticas.

Bubba, el hombre experimentado, caminó tranquilo el resto de su vuelta y consiguió algo que hacía varias ediciones que no veíamos en esta primera gran prueba de la temporada, ni con Adam Scott, ni con Charl Schwartzel ni cuando él mismo ganó allí en 2012: arrebató la emoción al campeonato en los últimos nueve hoyos. Él sabía que iba a ganar, el público sabía que iba a ganar. Tiger Woods, el hombre que más veces ha conseguido lo mismo, desde su casa, sabía que iba a ganar. Ayer, este jugador zurdo con un swing que provocaría el despido de la mayoría de profesores alrededor del globo, adaptó el tiempo y el espacio en el Augusta National a su realidad. Los hizo suyos. Se apoderó de la historia, los mitos y la competición y se enfundó su segunda chaqueta en tres años. “Nunca me ha gustado tanto el verde”, dijo.

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