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El golf y la vida: lecciones del gran Richard Ford

Juan Carlos Galindo | 29 de julio de 2012

Cuando ese caballero del golf y de la vida llamado Ernie Els se acordó en su discurso de aceptación de la Jarra de Clarete como ganador del pasado Open de Nelson Mandela, gigante ético de ese convulso y desigual siglo XX, me vino a la cabeza otra imagen relacionada con el golf, el racismo, la memoria y la vida.

Imaginen. Arkansas, 1960. Un adolescente con aspiraciones intelectuales, huérfano y que pasa el verano con sus abuelos en un gran hotel del que son propietarios, sale a jugar al golf con un hombre negro. Hasta ahí todo normal. Ocurría a diario en el EE. UU. de la segregación: niños bien que juegan al golf mientras sus criados negros les llevan los palos. Pero aquí no era así. El negro, Chester Matthews, era un consumado golfista que trabajaba para el abuelo del futuro escritor y Ford, el niño bien, el blanco, su caddie. Una locura para la época que el joven que luego escribiría El día de la Independencia se tomó como algo normal.

“Si juegas de buena fe”, decía Chester a Ford mientras cruzaban el río Mississippi en un viejo Pontiac azul, “el golf no solo te dará placer y satisfacción durante días e incluso años sino que, además, te preparará para la vida”. Amén. “El golf es un juego difícil que puede frustrar por su aparente facilidad”. Amén. “El golf es un juego que se aprende con paciencia a lo largo de toda una vida, no en una tarde”. Amén. El glosario de verdades absolutas que suelta el bueno de Chester en poco más de un párrafo es antológico y cualquiera que haya vivido y sufrido este deporte las entiende una a una.

Ford, que no había tocado un palo en su vida y que no lo volvería a hacer a pesar de la clase magistral de este loco del golf, no entendía nada, no dio una, pasó calor, sufrió y se aburrió. Pero consiguió sacar ciertas enseñanzas sobre todo a raíz de un desgraciado incidente y de la reacción del botones del hotel de su abuelo y maestro por un día.

Guiado por la sobriedad y la tranquilidad que le daba practicar su pasión, nuestra pasión, Matthews aguantó los insultos y los gritos proferidos por los pacientes de un hospital mental situado cerca del campo y que estaban escandalizados por ver a un negro jugando con un caddie blanco en uno de los pocos campos del país que se dejaba a la población negra hacer algo más que fregar el suelo, servir las copas y segar el cesped. Recuerden: sur de EE. UU., 1960. Eran los pacientes de un psiquiátrico, pero se comportaban como la mayor parte de la población del país. Paradojas.

Chester no les hizo caso, no levantó la cabeza de la bola, ni dejó de dar buenos golpes para asombro de Ford, al que le parece un milagro que allí no pasara nada. “El ceremonial, la seguridad, las habilidades e incluso la tranquilidad connaturales a este juego eran recursos que ayudaban a hacer más llevadera la vida y todos estos elementos dieron a Chester Matthews opciones en un momento en que, comparativamente, no tenía mucho más”, resume Ford.

El relato de esta historia ejemplar está recogido en Flores en las grietas (Anagrama), una irregular pero excelente recopilación de textos de Ford, uno de los más grandes escritores estadounidenses vivos, un tipo peculiar, un escritor preocupado por usar la literatura para no perder la memoria o, al menos, para rescatar el pasado y revivirlo, sin trampas, de la manera más honesta posible, me comentaba cuando le entrevisté en 2010. Aquí lo consigue y, sin querer, hace un homenaje a algo tan extraño para él y tan esencial para nosotros y para el amigo Chester Matthews: el golf.

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