Open Championship by Decathlon

Nunca habrá otro Tom Watson

Juan José Nieto | 18 de julio de 2015

Quiso la caprichosa naturaleza, más caprichosa aún por esas latitudes boreales donde se disputa el Open, que por causa de una suspensión de más de tres horas la despedida de Tom Watson de su torneo fetiche tuviera que darse bajo las luminarias de la casa club, en medio de un intenso frío que disuadió a los menos valientes y a los menos fieles, pero que no impidió que se vivieran escenas realmente emotivas que, me atrevería a decir, la proximidad de la noche convirtió en aún más especiales, íntimas e inolvidables.

En una época en la que el profesionalismo tiende a pervertir los valores originales de sus respectivos deportes banalizando el significado de palabras como el honor o la cortesía, el mundo del golf parece permanecer ajeno a estas tendencias, como instalado en una dimensión paralela y vacunado de los males que afectan solo a los demás. El sentido homenaje de la afición escocesa es solo el último ejemplo del exquisito gusto con el que tradicionalmente el golf ha dicho adiós a sus ídolos, se llamaran estos Hogan, Palmer, Nicklaus o Seve, se despidieran en uno u otro lugar de la geografía mundial.

Todos estos nombres que he citado fueron y serán leyendas porque ganaron mucho, es evidente, pero también porque afrontaron la competición de un modo particular, imprimiendo un sello único a todas sus acciones, provocando que a la inocente mirada de los niños le siguiera el impetuoso deseo de ser algún día como ellos. Además de ganar, lo hicieron parecer fácil con esa arrogancia que parece imprescindible para mantenerse en la élite y esos aires con los que camina el que se sabe bueno, muy bueno. Todos ellos, también Mr. Watson, contaban con carisma, con la capacidad de atraer y fascinar.

Esa capacidad la heredaron también Mickelson y Tiger, pero me cuesta imaginar, en cambio, a los mejores golfistas de la actualidad —Rory McIlroy, Dustin Johnson, Jordan Spieth,…— recabando tales muestras de simpatía, admiración y respeto dentro de cuarenta años. Mucha culpa de que me asalte este pensamiento la tiene, precisamente, la profesionalización, la robotización de comportamientos, la persecución obsesiva de estándares de calidad que amenazan con terminar con la naturalidad y la espontaneidad en un campo de golf.

Durante su retirada de camiseta en el Boston Garden, Larry Bird tuvo que “soportar” que Magic Johnson, su sempiterno rival le acusara de haber mentido. “Larry, solo me has mentido una vez en la vida”, le dijo el genial base de los Lakers al no menos genial alero de los Celtics, “fue el día en que me dijiste que habrá otro como tú, pues nunca, nunca, habrá otro Larry Bird”. Aplíqueselo, Mr. Watson, aunque haya hecho de la humildad su bandera, sepa por boca de todos los que le admiramos que, pese a que en el futuro pueda irrumpir alguien que venza en cinco o más Open, nadie lo hará como lo hizo usted, a su peculiar e inimitable manera. Nunca, nunca habrá otro Tom Watson.

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