PGA Championship

No es lo que parece

Juan José Nieto | 11 de agosto de 2015

Nada en Whistling Straits es lo que parece. Lo que apunta ser un vasto mar en el que el horizonte se pierde entre las olas, no deja de ser un lago, aunque de grandes dimensiones, de agua dulce. Lo que parece ser un terreno agreste inserto en una región abrupta, es solo una llanura removida por la industriosa acción del hombre. Lo que por sus colores, su olor y sus texturas, invita a que lo califiquemos como un campo links, no es más que otra de las obras de Pete Dye, el diseñador más importante en la era reciente de campos de target golf, campos en los que es necesario trasladar la bola directamente por el aire a su objetivo.

Del mismo modo, desafiando la lógica de la percepción, este paraje aparentemente bucólico es una auténtica pesadilla para el espectador de a pie. Muchos de ellos, tras pecar de novatos en su primera experiencia, acudieron de ahí en adelante provistos de bastones más propios del esquí para apoyarse al caminar por esas laderas empinadas sazonadas de falsos terrenos que rodean las calles del campo. Eso sí, como Dustin Johnson ya debe de saber, en cualquier andurrial puede haber un bunker o algo semejante considerado por la PGA como tal.

Whistling Straits no es otra cosa que el sueño realizado de un millonario, Herb Kohler, presidente de un grupo empresarial que sentara sus bases en el negocio de los derivados del plomo (principalmente tuberías) y que ahora abarca un mercado mucho más amplio y diverso. Este empresario y enamorado del golf quiso dejar un legado en forma de campo en su Wisconsin natal y a fe que lo logró con la apertura de esta faraónica obra. Una obra que bien podría ser tildada de barroca, por lo recargado de adornos de su diseño. O de dantesca, por el sentimiento que embarga al jugador al colocarse en el primer tee sin saber muy bien hacia dónde dirigir su golpe. O de grotesca, por lo extravagante, aunque transcurridos once años desde la celebración del primer PGA Championship que albergara el campo todo lo que rodea a Whistling Straits haya ido normalizándose.

Precisamente, las experiencias pasadas nos dicen que el campo ni juega tan largo como pudiera parecer echando un vistazo a la tarjeta ni está tan sometido al embate de los vientos, al menos en esta época, como pudiera sugerir el hecho de que tenga por logotipo a un anemoi, una de las deidades griegas del viento. El campo, en la misma línea indicada a comienzos del artículo, es más amable de lo que parece y ofrece, entre los peligros visibles y también algunos más recónditos, oportunidades de birdie que los jugadores deberán aprovechar para elevar sus resultados bajo par cerca del doble dígito, una estimación muy personal, basada en las ediciones anteriores, de lo que podría ser una tarjeta ganadora al final de la semana.

En cualquier caso, con independencia de los debates que pueda suscitar, me gustaría invitarles a disfrutar como espectadores de la diversión que nos ofrece este producto de Pete Dye, esta concesión a la modernidad de un mundo, el del golf, tradicionalmente anclado en los cánones clásicos de diseño, (que en su caso se remontan a comienzos de siglo XX) que es Whistling Straits. Ya saben, donde nada es lo que parece.

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