Blog

Los tres grandes caddies (II)

Moisés Vivancos | 12 de septiembre de 2012

Después de iniciar esta serie de artículos en Crónica Golf hablando de Ernest Creamy Carolan, precursor de los modernos “strokesavers” o libros de distancias y el mejor caddie que tuvo nunca Arnold Palmer, nuestro siguiente protagonista es Angelo Argea, el caddie que acompañó a Jack Nicklaus en la inmensa mayoría de sus triunfos.

A. G. Argeropoulos nació en Grecia el 7 de noviembre de 1929, antes de que su familia emigrara a los EE. UU. Radicado en Las Vegas (Nevada), se cambió sus nombres griegos por Angelo Argea para facilitar la pronunciación en su país de acogida. Aunque oficialmente era taxista, se tiene constancia de que entre sus “trabajos” estaba incluido el de apostador profesional en la “ciudad del pecado” y que sus demás ocupaciones eran bastante esporádicas. No en vano, cuando Nicklaus hablaba de los anteriores empleos de su caddie, comentaba en tono jocoso que “básicamente, había estado jubilado desde los 21 años”.

En 1963, uno de los propietarios del Desert Inn de Las Vegas, probablemente Wilburg Clark (fundador del hotel y también promotor en 1953 del Tournament of Champions que actualmente se celebra en Kapalua Plantation), invitó a Argea a hacerle de caddie en el pro-am del Palm Springs Classic que se iba a celebrar en El Dorado Country Club. Tras el evento, el club pidió que todos los caddies que habían participado en el pro-am también lo hicieran en el torneo oficial, ya que no había suficientes para cubrir las demandas de los jugadores del PGA Tour. A Argea no le apetecía demasiado “trabajar” un día más, por lo que se apuntó como posible caddie de Jack Nicklaus, del que había oído que no iba a concurrir por una lesión en la cadera. Finalmente, Nicklaus acabó por encontrarse mejor de sus problemas físicos e hizo acto de presencia en el torneo. Tras las correspondientes cuatro jornadas con Argea a la bolsa, Nicklaus ganó el torneo.

Jack Nicklaus era tremendamente supersticioso. Si el día que desayunaba tortilla hacía 66 golpes, desayunaba tortilla el resto del torneo. La victoria con Argea como caddie en su primer campeonato juntos debió gustar al jugador porque, cuando tuvo que disputar al poco tiempo en Las Vegas el Tournament of Champions, le volvió a llamar. Tras ganar los 13.000 dólares en monedas de plata de ese evento, el “oso dorado” se llevó a Argea en su gira por la costa oeste, consiguiendo varias victorias más. Aunque no le contrató como caddie titular hasta 1968, este fue el principio de una relación profesional que duraría casi veinte años y que estaría plagada de momentos estelares. Para valorar la importancia que Nicklaus le daba a la compañía de Argea hay que señalar que, en una época en que nadie disfrutaba de esas condiciones de trabajo, se convirtió en el primer caddie que cobraba un sueldo fijo y también percibía un extra cuando su jugador ganaba un torneo.

Decididamente, Angelo Argea era un tipo peculiar. Como contraposición a Nicklaus, era una persona muy sociable y habladora. Su inconfundible estampa, con su canoso pelo “a lo afro”, llegó a ser un auténtico imán para periodistas, jugadores, caddies, aficionados y cualquiera que quisiera pasar un rato de agradable charla. Había días en que Argea firmaba casi tantos autógrafos como su jefe. Incluso llegó a aparecer en el famoso programa matutino Good Morning America y hasta escribió un libro que tenía el descriptivo título de El oso y yo: la historia del caddie más famoso del mundo.

Dicho esto, podría parecer que Argea era el mejor de los caddies en cuestiones técnicas, pero la realidad es que existen dudas al respecto. No se puede decir que Argea fuera un portento calculando distancias o leyendo la caída de los greens, ni tampoco que hubiera proporcionado ningún avance significativo al mundo del golf como hizo Ernest Carolan. De hecho, la figura de Argea como caddie es algo contradictoria porque su trabajo a cargo de la bolsa del Oso Dorado consistía en hacer… prácticamente nada. Probablemente, el caddie realizaba parte del trabajo habitual de una “bag rat”, como ellos mismos se autodenominan. No obstante, las declaraciones de Argea, seguramente con un punto de ironía, no solían ir en ese sentido. Es muy célebre la respuesta que dio cuando le preguntaron cual era exactamente su cometido cuando acompañaba al Oso Dorado por el campo: “Él me ha pedido que haga dos cosas. La primera, que cuando no esté jugando bien le recuerde que es el mejor golfista del mundo. La segunda, que además le recuerde que quedan muchos hoyos por jugar”.

Con total seguridad se puede afirmar que el éxito de este curioso binomio tuvo mucho más que ver con su compatibilidad de caracteres (algo cuya importancia no siempre se valora) que con las habilidades para su trabajo del caddie de origen griego; entre ellos existía una relación personal especial, que permitía a Nicklaus relajarse en el campo y dar lo mejor de sí. Prueba de que esa relación traspasaba lo puramente profesional es que, cuando llegó el día de la retirada de su caddie, Nicklaus no dejó a Argea abandonado sino que se preocupó de él hasta el fin de sus días. En un gesto que honra al Oso Dorado, y que también repetiría con su caddie británico Jimmy Dickinson (le dio trabajo como caddie-master en Muirfield Village cuando acabó su carrera), Nicklaus empezó a pagar a Argea una pensión de su propio bolsillo y le regaló un restaurante en un centro comercial de North Palm Beach para que pudiera dar rienda suelta a su incontenible verbo con las clientas del lugar. En octubre de 2005, a causa de un cáncer de hígado, la icónica figura de Ángelo Argea dejó de pertenecer a este mundo. En su funeral, Jack Nicklaus declaró que se sentía como si hubiera perdido a alguien de su familia y rememoró lo bien que se lo pasaba con Argea a su lado. La realidad es que, si recapitulamos desde el principio del artículo, quizás nos demos cuenta de que esta no es la típica historia de un jugador de golf y un caddie sino que es la historia de una profunda amistad que dio como resultado el triunfo en más de cuarenta torneos del PGA Tour. Una amistad que, como tantas otras cosas, pertenece a una época que ya nunca volverá.

Deja un comentario

Si estás registrado, la publicación de tus comentarios será instantánea. Asegúrate de escribir correctamente tanto tu nombre de usuario como la dirección de correo electrónico que incluiste durante el registro.
Si no estás registrado, tus comentarios quedarán pendientes de moderación. Regístrate aquí.

Comentario: