Publicidad

Blog

Ian Baker-Finch, o la absurda búsqueda del swing perfecto

Moisés Vivancos | 24 de julio de 2012

Ganar el Open Championship, el “grande” con más solera del calendario, es el sueño de cualquier profesional. El acto de levantar la jarra de clarete, con los nombres de los más grandes de la historia del golf inscritos en su peana, está reservado a jugadores de gran talento y nadie cuestiona esta afirmación. Pero, contrariamente a lo que pueda parecer, para algunos de sus vencedores el Open Championship no sirvió para iniciar o continuar una carrera profesional exitosa, sino que fue el punto de partida de su particular descenso a los infiernos.

Muchos son los engullidos por lo que se podría calificar como la “maldición del Open”. Más allá de algunos jugadores semidesconocidos que tuvieron la semana de su vida y luego volvieron al anonimato (Todd Hamilton sería el mayor exponente), los casos de David Duval o Stewart Cink son paradigmáticos en este sentido; dos jugadores con un sólido bagaje que, tras ganar el Open Championship, nunca más han conseguido una victoria de prestigio.

El personaje que hoy nos ocupa quizás no encaje en ninguna de las dos categorías mencionadas pero, por la forma en que se desarrollaron los acontecimientos, sirve de doble ejemplo: el del jugador con un gran talento natural que acaba destacando y el del jugador que destruye ese mismo talento natural para acabar dejando el golf a una edad muy temprana. Esta es la historia de Ian Baker-Finch.

Nacido en Queensland (Australia), Baker-Finch dejó muy joven la escuela para dedicarse en cuerpo y alma al golf. Su padre, granjero, no le puso objeciones porque quería algo mejor para su hijo que lo que él le podía ofrecer. Aunque la distancia desde el tee no era su principal virtud, estaba dotado de un rítmico swing natural y un excelente juego corto. Se pasó al profesionalismo en 1979, con solo 19 años. Ganó su primer torneo profesional en 1983 al adjudicarse el New Zealand Open y, desde ese momento, su rendimiento no hizo más que mejorar; entre sus muchas victorias destacan los títulos en varios torneos del PGA Tour de Australasia, el Open de Escandinavia (European Tour) de 1985, los tres torneos del circuito japonés en 1987 y 1988 o la edición de 1989 del actual Crowne Plaza Invitational at Colonial (PGA Tour).

Y llegó 1991. Tras un excelente séptimo lugar en el Masters de ese año, Ian Baker-Finch se dispuso a jugar el Open Championship que se iba a celebrar en el precioso campo del Royal Birkdale. Con los mejores jugadores del mundo en la nómina del torneo, el liderato del primer día recayó en nuestro Severiano Ballesteros. Tras la segunda jornada, se estableció un empate en cabeza entre Gary Hallberg, Mike Harwood y Andrew Oldcorn, con Seve en cuarto lugar. Cuando nadie se lo esperaba, al iniciarse el fin de semana, el juego de Baker-Finch explotó; con una ronda de 64 golpes el sábado y otra de 66 impactos el domingo, Ian Baker-Finch firmó el mejor resultado de los dos últimos días en un Open Championship, arrasó a todos sus rivales y se llevó a casa la jarra de clarete.

Algunos periodistas calificaron de sorpresa aquella victoria. Quizás olvidaban que Baker-Finch ya había sido noveno en el Open de 1984, top 20 en 1985, top 30 en 1989… y sexto en 1990, en la edición anterior a la de su mayor éxito profesional. Con solo 30 años, la carrera del jugador australiano parecía apuntar a las más altas cotas. Baker-Finch continuó jugando a un buen nivel en el PGA Tour durante el resto del año pero todo estaba a punto de cambiar.

Presionado por lo que se esperaba de él, o, quizás, por lo que él esperaba de sí mismo, el jugador australiano cayó en un error que le iba a costar muy caro: el de la búsqueda del swing perfecto a cualquier precio. En lugar de realizar un análisis realista de lo que sería capaz de mejorar y seguir pacientemente una hoja de ruta, empezó a aceptar consejos de cualquiera que quisiera ayudarle y los acontecimientos se precipitaron. Los continuos cambios llevaron a los malos golpes, los malos golpes a la pérdida de confianza en su juego y se sumió en una espiral descendente. De fallar dos cortes en 1991 pasó a no superar seis en 1992, ocho en 1993… y quince en 1994, con una serie de once de ellos consecutivos.

Desde un punto de vista teórico, la situación no era irreversible. Solo hay que recordar la historia de Ted Potter Jr., que falló 24 cortes consecutivos en el Nationwide Tour en 2004 y que hace pocas semanas consiguió su primera victoria en el PGA Tour. El problema de Ian Baker-Finch fue que, desde un punto de vista práctico, su sistema nervioso no pudo soportar tanta presión y se “rompió”. Durante sus rondas de entrenamiento, e incluso en los pro-ams, nuestro protagonista era capaz de ganar a cualquiera de sus colegas de profesión… pero una vez delante del numeroso público de los torneos del PGA Tour los “hooks” de Baker-Finch aparecían y era incapaz de bajar de los setenta golpes y, a veces, ni siquiera de los ochenta. Lo intentó todo para mejorar, incluída la hipnosis, sin resultado.

La temporada de 1995 volvió a ser un auténtico suplicio. Dieciocho torneos jugados dieron lugar a catorce cortes fallados, tres abandonos y una descalificación. Su experiencia más dolorosa se produjo en el Open Británico, celebrado en St. Andrews. Emparejado con Arnold Palmer, y ante la gran cantidad de público que le contemplaba en el tee del hoyo 1, Baker-Finch mandó su bola fuera de límites a la izquierda, atravesando también la calle del hoyo 18 (es una calle doble de más de 100 metros de anchura). 1996 no fue mucho mejor; once eventos y once cortes fallados. Su último intento llegó en 1997. El jugador australiano estaba en Royal Troon sin intención de jugar pero sus amigos le animaron a hacerlo viendo lo bien que había jugado contra ellos en las últimas semanas. Una cruel tarjeta de 92 golpes en la primera jornada le sumió en una profunda crisis personal y supuso su retirada del torneo. Al no poder soportar más tiempo la humillación de verse así, ese torneo también supuso la retirada definitiva del golf profesional de élite de nuestro protagonista. Solo tenía 36 años de edad.

No nos llevemos a engaño; como decía Bobby Jones, la distancia más importante para un jugador de golf es la que separa una oreja de la otra. Los cambios de swing en los jugadores de alto nivel son delicados por una cuestión puramente mental; no es la técnica lo que les separa del resto, sino la confianza en sí mismos. La búsqueda de la perfección puede generar un nivel de frustración tan elevado que impida disfrutar de este deporte… y sin divertirse es muy difícil jugar bien.

Actualmente, Ian Baker-Finch continúa jugando al golf con sus amigos, algunos de ellos profesionales de prestigio. Sigue ganándoles alguna de las apuestas que cruzan y, de vez en cuando, se deja ver en algún torneo poco importante, donde suele hacer un buen papel (llegó a ganar el Australian Legends Tour Championship de 2011). Pero, de momento, el único público al que puede enfrentarse nuestro protagonista son los telespectadores que contemplan su trabajo como analista en la CBS. Y todo por perseguir obsesivamente el swing perfecto.

El vídeo del golpe de salida en St Andrews, en 1995

El vídeo de su swing, a cámara lenta

Deja un comentario

Si estás registrado, la publicación de tus comentarios será instantánea. Asegúrate de escribir correctamente tanto tu nombre de usuario como la dirección de correo electrónico que incluiste durante el registro.
Si no estás registrado, tus comentarios quedarán pendientes de moderación. Regístrate aquí.

Comentario: