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El hoyo 20

Juan José Nieto | 06 de noviembre de 2014

Inauguramos una nueva sección «fija-discontinua» de la web en la que iremos recogiendo una selección de relatos de golf, algunos de nuevo cuño y otro de autores consagrados. Juan José Nieto, padre intelectual del proyecto, se atreve con el complicado golpe de salida y nos cuenta qué sucede con nuestros otros «compañeros de partida» mientras nosotros intercambiamos batallitas e invitaciones en el «hoyo 19».

—Ya están hablando de nosotros ahí arriba. Que si abrió más de la cuenta, que si no la cogió el viento, que si era un palo menos. Y siempre, qué curioso, aparezco entre sus lamentaciones.

—Calla, anda, no te quejes, que tú por lo menos tienes nombre. A mí ni siquiera me citan, debo de ser palabra tabú. En cada repaso que hacen de sus vueltas me olvidan deliberadamente.

Slice y Socket charlaban sentados junto a la barra del fondo de la taberna llamada El Hoyo 20, un local situado en el sótano del bar de la casa club donde suelen acudir todos los golpes a reunirse una vez finalizada la jornada. Aquel día era sábado y Putt al centro del hoyo, dueño del bar, tuvo que llamar a sus dos camareras, Media Corbata y Corbata Entera, para que le echaran una mano.

—Puttie —le espetó Hook—, no me gustan esas dos chicas que tienes asalariadas, siempre tan escurridizas y antipáticas.

—Por lo menos ellas nunca faltan a su cita, Hook. No como Bola Recta, que lleva días sin venir a pronunciar su monólogo sobre la perfección, ese que tanto gusta a los críticos.

—La verdad es que el tipo es guapo y lo hace muy bien, pero no hay quien se lo crea, que uno ya luce pelos aquí abajo y no ha visto, ni conocido, la ronda inmaculada. Por eso, porque no creemos en la felicidad venimos a tu bar, Puttie, un acogedor antro para perdedores en el que nunca falta whisky ni se descorcha champán.

—Y que lo digas Ganchito, y que lo digas —se le aproximó rodeando sus hombros y suspirando Salto de Rana—. No sabes cuánto trabajo tuve hoy ahí arriba en el campo. Se ve que es puente en la capital y ha venido a jugar todo el mundo. Sí, Puttie, sí, también los políticos —aseveró adelantándose a la pregunta del dueño.

Pronto el jolgorio de la tasca dejó paso a las notas de la melancólica canción irlandesa Danny Boy. Las jarras de cerveza comenzaron a moverse pendularmente siguiendo el compás de la música mientras en un rincón solitario buscaba consuelo de manera infructuosa Golpe al Aire, el único ser con el que nadie contó para abrazarse en ese cántico común que tenía más bien los aires de una oración colectiva.

Toda vez cesó la música, Bola Perdida se le aproximó.

—¿Qué te ocurre Golpe al Aire? ¿Mucho trabajo?

—Vete, por favor, no eres la más indicada para ayudarme.

—¿Por qué?

—Pues porque no nos parecemos en nada. Tú eres una diva, solo hay que ver cómo te persiguen todos esos golfistas de lado a lado del campo.

—Ya, pero al final no me encuentran y el hechizo les dura sólo cinco minutos. Y lo peor de todo es que suelo acabar en las manos de cualquiera. De verdad, no te gustaría.

—Ya, pero al menos apareces en la tarjeta, y, no lo olvides, siempre vas de la mano con Golpe de Penalidad, el más duro y atractivo de todos los que pisan por aquí. Yo, en cambio, nada. Ni siquiera existo, ni siquiera cuento y siempre hacen como si no me hubieran visto.

“Señores, señoras, señoritas, dejen sus copas a un lado, olviden sus penas y saquen a relucir sus mejores sonrisas porque aquí está, ya ha llegado, el mejor monologuista de este lado de la frontera. Pasa tanto tiempo solo y se gusta tanto a sí mismo que no deja de practicar frente al espejo. Puede que sea la primera vez que lo vean, aunque lo cierto es que se deja caer a menudo por este bar porque trabajar, lo que se dice trabajar, en este campo y dado el nivel de los golfistas que lo frecuentan, no lo hace mucho. Démosle la bienvenida con un fuerte aplauso a… Bola Recta”.

Tras esforzarse, tampoco demasiado, por detener los vítores, Bola Recta habló y habló sobre la vuelta ideal, sobre el erotismo del número 59 y sobre la existencia de un mundo en el que todos los golpes terminan encontrando un feliz destino. Poco a poco su discurso fue transformando el semblante triste de los allí presentes en rostros llenos de brillo que simbolizaban los anhelos y deseos contenidos de todos ellos.

—Y bueno, chicos, no lo olvidéis. Si no creéis que esto pueda suceder tened siempre presente que no hay golpe tan pobre, rastrero, ruin o desviado que no se pueda arreglar con un mulligan. ¡Hasta siempre amigos! ¡Buenas noches!

Inspirado por los aplausos y sabiéndose admirado por todos aquellos golpes mediocres e infelices se dirigió hacia el piano y tomó nuevamente la palabra.

—Amigos, tal vez vuestras vidas no sean como las habíais diseñado, pero eso no nos impide cantar. Así que, por favor, todos conmigo.

Y con todos los allí presentes, salvo Golpe al Aire, desafinando las notas de Always look on the bright side of life de los Monty Python tocó a su fin la noche y cada golpe se dirigió a su lecho respectivo dibujando su particular trayectoria. Había llegado el momento de descansar. Al día siguiente volverían a tener trabajo.

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